Breve historia del mueble

Posted: 29 enero 2011 | Publicado por Gonzalo Martín | Tags: , ,

Arne Jacobsen, silla Ant (1952)
Luis Ramón-Laca escribió en 2009 estas líneas  que acompañan el libro titulado Proyecto del mueble que recoge una selección de los mejores trabajos de esta asignatura, impartida en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Alcalá. Espero que os resulte interesante...

Esta historia breve del mueble tiene como referencia bibliográfica básica el excelente libro de Edward Lucie-Smith (n. 1933), Furniture. A concise history (Breve historia del mueble), agotado en la versión española, pero reeditado recientemente por Thames & Hudson. Este librito es un magnífico resumen de la materia que nos ocupa, e incluye una gran cantidad de información, así como reflexiones generales difíciles de superar hoy. El autor afirma, por ejemplo, que es necesario hablar de una función utilitaria del mueble, la cual resulta evidente (la silla para sentarse, la cama para dormir, la mesa para comer o trabajar, etc.), pero también de una función de representatividad social, en el sentido que la calidad, la riqueza o incluso la rareza del mueble expresan la condición social o el rango de su dueño (los muebles de plata de los reyes de la dinastía Borbón o los muebles de la Bauhaus, por ejemplo). Aparte de estas cuestiones, Lucie-Smith subraya el componente constructivo o tecnológico que todo mueble posee.

Con todo, este repaso histórico al que nos estamos refiriendo será forzosamente desigual, ya que, en lo que se refiere a los muebles de la antigüedad, sabemos mucho del mueble egipcio y romano, y muy poco del mueble de Mesopotamia y Grecia. Como ocurre en otros campos de la cultura, esto es así por dos circunstancias fortuitas: en el caso de Egipto, por el hecho de que el arqueólogo británico Howard Carter localizara una tumba intacta y, en el de Roma, debido a la trágica erupción del volcán Vesuvio, que sepultó bajo las cenizas la ciudad de Pompeya. Así, han llegado hasta nosotros muebles maravillosos, como los del faraón Tutankamón, que podrían pasar incluso por muebles de estilo imperio en un palacio parisino de la época de Napoleón; en Pompeya se localizó un ejemplo de cepillo sorprendemente parecido a los producidos a partir de la segunda mitad del siglo XIX por firmas como Bailey o Stanley, lo que habla claramente sobre el nivel de la carpintería y la ebanistería romanas. En el caso de Mesopotamia y Grecia, los muebles de estas culturas tienen, sin embargo, que reconstruirse teóricamente a partir de algunos relieves en piedra asirios, que muestran tronos, entre otros muebles, y de la cerámica griega, en la que aparecen de forma esporádica escenas domésticas en las que se incluyen también algunos muebles. Estas imágenes son suficientes para hacernos una idea de la riqueza del mobiliario asirio y griego, sin duda comparable a la del egipcio o romano.

Los muebles encontrados en la tumba de Tutankamón nos sorprenden aún por su riqueza y su refinado diseño. Las chapas de oro con las que están recubiertas algunas de las sillas encontradas contribuyen seguramente a dar a estos muebles un aura de objetos extraordinarios, pero incluso si se prescindiera de sus revestimientos, la finura de su diseño se pueden considerar excepcional, como puede comprobarse en los sencillos taburetes de tijera conservados. Sin embargo, la pieza más importante es, sin duda, el conocido trono en cuyo respaldo, en un esquema de autorreferencia, aparece representado el faraón sentado en el mismo mueble con su esposa de pie, protegidos ambos por los rayos benefactores, acabados en manos, del sol de Egipto. Gracias a esta representación, sabemos que los muebles estaban acolchados, y que su altura, mayor de lo que es habitual en la actualidad, se debía a que los pies se separaban del suelo por un pequeño escabel, del que se han conservado varios ejemplos en la propia tumba. Puesto que esos escabeles o reposapiés están concebidos para poner los pies encima, en ellos aparecen representados prisioneros de guerra asirios, enemigos acérrimos de los egipcios. Procedentes de la misma tumba son varias camas también extraordinarias, cuyo perfil se toma directamente de los animales del desierto, como leones o leopardos. Hay además una cama plegable, seguramente utilizada en las campañas de guerra del faraón, esta más baja que las anteriores. También son interesantes las sillas de tijera ya mencionadas, así como los numerosos ejemplos de armarios, cofres y mesillas y, finalmente, el también excepcional dosel desplegable al que nos referiremos más adelante.

Aunque, como ya se ha mencionado, no se ha conservado ningún mueble griego original, gracias a relieves en piedra y representaciones en cerámica, conocemos una silla que puede considerarse una genuina creación griega, el klismos [κλισμός], configurada seguramente en el período de máximo esplendor de la cultura griega, es decir, entre los siglos V y IV a.C. Se trata de un mueble de gran refinamiento, de patas curvadas simétricamente, que da la impresión de reflejar los esfuerzos (las gráficas de momentos flectores) a los que está sometida la pieza, de forma parecida a como ocurre en el éntasis de los fustes de las columnas de los templos. El klismos fue utilizado con extraordinario éxito en Gran Bretaña y Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XIX.

En Roma, el catálogo de muebles disponibles aumentó considerablemente, con elementos cuyos nombres apenas necesitan traducción, ya que son casi los mismos utilizados en castellano: arca, armarium, candelabrum, cassa, lectus, mensa, sedia, etc. Sí necesita explicación el triclinium, o mueble de tres lados concebido para comer recostado; también puede referirse al comedor. El armarium es el antecedente directo de nuestros modernos armarios, aunque hasta época relativamente reciente (siglos XVIII-XIX) sólo se utilizaban para guardar objetos valiosos, como por ejemplo los libros o los manuscritos, sin duda debido a la dificultad que su ejecución entraña (ver técnicas R. Ingham). Aunque no sean propiamente romanos los ejemplares conservados, siguen fielmente el diseño que conocemos por representaciones en mosaicos romanos los del Instituto Valencia de Don Juan o del Museo Arqueológico Nacional.

De la Edad Media se han conservado escasos muebles, pero algunos de ellos son importantes. Cabe destacar, en primer lugar, la llamada silla de Dagoberto, hoy en el Museo del Louvre, posiblemente una sella curulis (de currus, que significa “carro”) tardorromana de bronce aprovechada, que fue propiedad de San Eloy Obispo (siglo VII), a la que el abad Suger de Cluny le habría añadido en el siglo XII los brazos y el respaldo, considerándola ya en aquella época una reliquia de la antigüedad, como afirma él mismo en su Administratione.
Precisamente fue esta silla la utilizada en la coronación de Napoleón Bonaparte. La silla de Dagoberto, junto con la de San Ramón de la Catedral de Roda de Isábena (Huesca), ilustra perfectamente el valor de un mueble en la Edad Media. En efecto, este tipo de sillas, como una especie de tronos primitivos, estaban reservadas para altos dignatarios, siguiendo la tradición romana según la cual la sella curulis representaba simbólicamente la autoridad política, por ejemplo la del emperador o también la del pretor. Curiosamente, cuando el tipo de la sala de justicia romana, o basilica, fue adoptado por los cristianos como espacio religioso, la silla pasó a las autoridades eclesiásticas (cathedra episcopii, la cátedra episcopal) y, a su vez , con el nacimiento de la universidad, poderosamente influida por el pensamiento escolástico, a las autoridades docentes, los catedráticos. En inglés, un catedrático (chairman), literalmente el “hombre de la silla”, se refiere a su cátedra con la expresión, por ejemplo, “I have my chair in Oxford …”.
Cabe pensar que el pretor romano se sentaría en una silla exactamente igual a la que se conservaba intacta en la catedral de Roda de Isábena hasta hace sólo treinta años, cuando en una desgraciada acción, Erick “El belga”, destrozó para siempre este venerable mueble, considerado por muchos, quizá exageradamente, el mueble más antiguo conservado en occidente.
Era, en cualquier caso, un mueble excepcionalmente bello, cuyo modelo último aparece ya en varios ejemplos procedentes de la tumba de Tutankhamón.
También de la Edad Media se conservan algunos tronos sumamente interesantes, como la silla de San Eduardo, o “silla de la coronación” (Coronation Chair) de la Abadía de Westminster, en la que se vienen coronando los reyes de Inglaterra desde el siglo XIII. En 1296, el rey Eduardo llevó a la Abadía la llamada “piedra de Scone”, un bloque de 152 kg sobre el que se coronaban tradicionalmente los reyes de Escocia, supuestamente originaria de Palestina, donde habría servido de almohada a Jacob. La piedra de Scone fue sacada a hurtadillas de Westminter en 1996 por activistas nacionalistas que la devolvieron a Escocia, donde permanece en la actualidad. La introducción de la “piedra de Scone” bajo el asiento del trono de Westmisnter nos habla del sometimiento del antiguo reino de Escocia a la corona inglesa, pero también del origen de los muebles de asiento en general. Si tenemos en cuenta que en la tumba de Tutankhamon encontramos todo tipo de muebles perfectamente desarrollados, cabe preguntarse cuándo y dónde surgieron los primeros muebles. Sin duda, tuvieron que surgir con la casa, y parece probable que el hombre cayera en la cuenta de que el utilizar los resaltes de las piedras, o bien el disponer estas de alguna manera unas sobre otras, podía resultarle ventajoso. En una hipótesis paralela a las planteadas por los antropólogos sobre el origen de la arquitectura, podría hablarse de muebles desarrollados a partir de los recovecos de las cuevas, así como otros muebles elaborados con piezas de madera, como sabemos que ocurrió también en la casa, con algunas representaciones en pinturas prehistóricas correspondientes al período magdaleniense.
Volviendo a la Edad Media, los muebles serían en esta época, en cualquier caso, muy costosos, quedando reservados para las personas de cierto rango en la sociedad, utilizándose en ellos algunas técnicas de la antigüedad que no llegaron a perderse en las zonas madereras, como el torneado. La utilización de barrotes torneados en la elaboración de sillas, e incluso de tronos, como el del rey Esteban (siglo XII) de la Catedral de Hereford (Inglaterra), tiene su razón de ser no sólo en la utilización de un motivo decorativo determinado, sino en la mayor sencillez que presentan los ensambles de las piezas de sección redonda. Como saben bien los carpinteros y los ebanistas, para el ensamble de caja y espiga es necesaria una gran pericia, si se pretende que la unión sea verdaderamente resistente. Prueba de que esto es así es la facilidad con que las sillas presentan holguras que las vuelven inestables y, en última instancia, incluso peligrosas. Sin embargo, es mucho más sencillo ser preciso si los barrotes están torneados, e incluso si no se tiene a mano un torno y un berbiquí, sólo se requiere un cuchillo para construir una silla.
En el mueble medieval de asiento, es importante el escaño (del latín scammum), citado por San Isidoro en sus Etimologías. Este mueble, que todavía se utiliza en varias regiones de España, por ejemplo en Castilla, servía para varios usos: comer (con una tapa abatible), sentarse e incluso dormir. En el hogar tradicional del norte, los escaños rodeaban el fuego, siendo facultad del señor de la casa dar por terminada la tertulia de la noche, ya que hasta que este no se levantaba era materialmente imposible salir. En el Cantar del Mio Cid, se menciona un escaño “torniño” (torneado) en el que dormía el Campeador tras la conquista de Valencia.

Durante los siglos XVI y XVII, se desarrollaron varios muebles con finalidades concretas, como los escritorios y las papeleras, que hoy se denominan, al parecer erróneamente, “bargueños”. Se construyeron también otros tipos de sillas y sillones, entre los que destaca el denominado “sillón frailero”, basado quizá en modelos italianos. 
Durante los siglos XVII y XVIII, los muebles fueron ganado en comodidad, adoptándose en Occidente el acolchado, técnica seguramente procedente de Turquía, como prueba el origen etimológico de la palabra sofá (del turco sofa, del árabe suffah). En el siglo XVII, sofá se aplicaría a una porción elevada del suelo recubierta de alfombras y almohadas. No será hasta el siglo XVIII cuando pase a denominar el mueble que hoy conocemos. Sin duda, la invención de la ballesta y el desarrollo de otros sistemas de muelles están en el origen del sofá tapizado que hoy conocemos.

A partir de 1836, con su Bopparder Schichtholzstuhl (silla Boppard), un carpintero de origen alemán afincado en Viena, Michael Thonet (1796-1871), desarrolló las técnicas del curvado de madera, que, en parte, evitan los inconvenientes de las piezas ensambladas de la silla tradicional. Nacieron así las famosas sillas Thonet, muebles que llenaron los hogares del siglo XIX, entre ellos los de la corte imperial austrohúngara. La Kaffeehausstuhl Nr. 14, “silla de café nº 14”, de 1859, a la que alguien se ha referido como la «silla de las sillas», con más de 30 millones fabricadas hasta 1930, ha quedado hoy como prototipo de la silla de café en medio mundo. Las técnicas del curvado de la madera pueden considerarse definitivas para el mueble del siglo XX, ya que hacían posible un tratamiento completamente revolucionario del material, que dio lugar a formas nuevas. Es probable que los muebles Thonet inspiraran más tarde los diseños de Marcel Breuer (1902-1981) y Ludwig Mies van der Rohe (1886-1969). Es posible, en efecto, que la técnica del curvado de madera estuviera en la mente de Breuer y Mies van der Rohe al desarrollar los primeros prototipos de lo que luego sería su famosísima silla cantilever, e indudablemente en los muebles de Alvar Aalto (1898-1976), que a su vez influirán poderosamente en la segunda generación del Movimiento Moderno, en la que destacan, en lo que se refiere al diseño de muebles, Charles y Ray Eames, (1907-1978 y 1912-1988), en Estados Unidos, y Arne Jacobsen (1902-1971) en Europa.
Pero volviendo a Mies y Breuer, la preocupación latente en el campo de la arquitectura por la definición de una nueva estructura portante, que aparece por ejemplo en los hitos de la arquitectura que son el Pabellón de Barcelona y su inmediato precedente, la casa Tugendhat de Brno (Chequia), dan paso a la introducción de una tecnología que, como reconocieron los propios autores, procedía de la fabricación de cuadros de bicicleta, introduciendo en el hogar el mismo cromado de los pilares metálicos de los ejemplos mencionados. Este es un rasgo típico de la Bauhaus, la vuelta al taller o la fábrica en el diseño de un objeto. La misma preocupación por la expresión de la estructura y el relleno del muro como elementos autónomos aparece en los sillones y sofás de Le Corbusier (1887-1965), que son, por otra parte, muebles muy cómodos para sentarse.
La silla cantilever, y asimismo la silla Barcelona de Mies, un verdadero trono moderno inspirado quizá en la sella curulis romana, son quizá los diseños de mueble contemporáneos que han alcanzado mayor reconocimiento a nivel mundial. Sin embargo, los diseñadores más brillantes, autores de al menos una media docena de diseños excepcionales, son, en mi opinión, la pareja de cualidades realmente excepcionales formada por Charles y Ray Eames. Ellos desarrollaron a la perfección, partiendo de modelos de utilidad concebidos por iniciativa del gobierno de Estados Unidos para la II Guerra Mundial, tales como camillas para evacuación de heridos fabricadas en madera laminada y otros elementos similares, las técnicas de moldeado de la madera laminada y de la fibra de vidrio con poliéster, y la malla de acero. Aquí, no me resisto a establecer una comparación con ejemplos en el campo de la arquitectura, con las estructuras que Félix Candela (1910-1997) llamó cáscaras. En efecto, esa tercera etapa del espacio en la Arquitectura, siguiendo a Sigfried Giedion, encarnada a la perfección por la Ópera de Sydney de Jorn Utzon (1918-2008), en la que la expresión escultórica (exterior) del espacio interior es definitiva en la configuración del edificio como un icono, aparece también claramente en los muebles, concebidos ahora como auténticas esculturas (mueble de los Eames). Las extraordinarias dificultades surgidas en la construcción de la Ópera de Sydney, asunto bellamente explicado por Candela, tienen su contrapunto en las obras de otros arquitectos-ingenieros o ingenieros-arquitectos, como Eduardo Torroja (1899-1961), el propio Félix Candela, Richard Buckminster Fuller (1895-1983), Pier Luigi Nervi (1891-1979) o Frei Paul Otto (n. 1925), que alternan en sus cáscaras o láminas modelos continuos, de hormigón armado, que pueden compararse a su vez con los muebles de poliéster, o de malla de acero (u otros elementos), con esquemas similares a las sillas de los Eames y después de Harry Bertoia (1915-1978). Un poco aparte de estos quedaría la figura de Emilio Pérez Piñero (1935-1972), con sus estructuras articuladas desplegables, con el mismo mecanismo de estructura desplegable y retráctil de un paraguas. Precisamente, una estructura de este tipo aparece ya en la tumba de Tutankhamon. ¿Cuándo se inventó el paraguas?
En la segunda mitad del siglo XX, es decir, la segunda generación del Movimiento Moderno, cabe destacar la silla superleggera del arquitecto milanés Gio Ponti (1891-1979), un diseño robusto que, sin embargo, un niño podía levantar con un dedo.

En la actualidad, destacan los geniales diseños del estadounidense Frank Gehry (Toronto, 1929), tanto la serie de muebles de cartón (easy edges: wiggle chair, side chair, etc.), que serían teóricamente muy económicos, formados por 60 capas de cartón y hoy producidos por Vitra. Son también notables los muebles fabricados con tiras de madera laminada, como el sillón cross check, desarrollados por Gehry en su famosa casa de Santa Mónica (California), donde la firma Knoll montó para él un taller específicamente concebido para desarrollar esta gama de muebles.
Entre los diseñadores de muebles que no son arquitectos, me atrevería a destacar la figura del londinense Jasper Morrison (n. 1959), autor de varios diseños con un carácter austero y práctico típicamente británicos, un poco en la línea de la obra arquitectónica de Alison y Peter Smithson.
Completamente aparte de esta tradición de muebles diseñados por arquitectos, o artistas que trabajaron en estrecha colaboración con arquitectos, caso de los Eames y Saarinen, se podría hablar de las escuelas nórdicas de ebanistería, con ejemplos como el del sueco Carl Malmsten (1888-1972), y el de su discípulo reconocido James Krenov (1920-2009) quizá la figura más destacada de esta tendencia, de origen ruso (n. en Kamchatka), educado en Suecia y afincado desde hace décadas en California. Se podría establecer una cierta conexión entre las obras de este autor, prácticamente objetos de culto nada más salir de su taller de Fort Bragg (California) y el movimiento Arts & Crafts, y quizá también, aunque las coincidencias pueden ser más bien casuales, con algunos diseños de Frank Lloyd Wright (1867-1959) o Adolf Loos (1870-1933), quizá pasadas a través de sus conexiones con el arte japonés, e incluso con los muebles shaker o amish. Krenov es, además, autor de varios libros sumamente sugerentes en ideas de composición que, por desgracia, no se han traducido todavía al español, entre ellos A Cabinetmaker's Notebook (Cuadernos de notas de un ebanista) y The Impractical Cabinetmaker (El ebanista no práctico).


Luis Ramón-Laca Menéndez de Luarca es doctor arquitecto y profesor titular interino de Proyectos Arquitectónicos en el Departamento de Arquitectura de la Universidad de Alcalá.
La asignatura Proyecto del Mueble se propuso como asignatura de libre elección en el año 2006. Estaba estructurada en dos bloques teóricos (se recorría la historia del mueble desde los primeros ejemplos conocidos, con los muebles egipcios, hasta los ejemplos más actuales, acompañada de lecciones sobre temas relacionados, como anatomía, materiales y técnicas de construcción) y uno práctico (los alumnos desarrollaban el proyecto del mueble de forma individual).