BOLONIA Y LA ARQUITECTURA o LA ARQUITECTURA CON LA EXCUSA DE BOLONIA… o BOLONIA NO ES EL PROBLEMA

Posted: 23 marzo 2009 | Publicado por c. leticia huerta | Tags:

Se está hablando tanto del tema, se están mezclando tantos argumentos, se están contando tantas inexactitudes, que creo conveniente contar de un modo resumido, aunque no fácil, la situación de la profesión de arquitecto en relación con el proceso de Bolonia, dirigiendo el texto fundamentalmente a los estudiantes, hasta ahora demasiado poco informados y menos aún interesados en la cuestión.

LA EXCUSA DE BOLONIA

Lo primero de todo, deberíamos dejar de hablar de Bolonia para fundamentar nuestras quejas, por cuanto la situación actual no deriva de Bolonia, sino que Bolonia está siendo una excusa y un punto de partida para otras actuaciones cuyas consecuencias nos afectan o afectarán.


Por cierto que “Bolonia” no es una ley ni un reglamento ni una directiva europea ni nada de eso, sino solamente una Declaración (la “Declaración de Bolonia”), que recoge unas recomendaciones que fueron firmadas por los ministros de educación de los socios de entonces de la Unión Europea, que se reunieron en esa ciudad allá por 1999. No es por tanto “ley”, sino recomendación y compromiso, si bien, en un contexto en que todos esos países van adoptando tal modelo, se ha seguido la corriente también aquí, por encima incluso del cambio de poder político. Recomiendo su lectura [1], francamente escueta, para comprobar lo genérico e impreciso de tal declaración y cuánto está siendo empleado como coartada para diseñar un modelo concreto de entre los muchos que serían posibles dentro de ese marco.

Bolonia está concitando una amalgama de quejas de muchas clases, la mayor parte de las cuales no tienen que ver con nuestra problemática particular, sino con un modo general de entender la educación superior; a partir de lo poquísimo que dice la Declaración de Bolonia, parece que se pretende, antes que la formación global, la formación base eficiente para entrar en un mercado de trabajo, con idea de ajustar los recursos, de tal modo que los estudiantes no tarden más de lo necesario en conseguir no más que los conocimientos estimados necesarios para sus supuestas necesidades profesionales futuras, dejando la especialización o profundización para las fases posteriores de máster y doctorado.

Las quejas vienen sobre todo por parte de quienes consideran que la universidad ha sido históricamente un lugar de excelencia dedicada a la formación integral, no tanto de cualificación laboral, objetivo que parece más apropiado a lo que en España se llama “formación profesional”. Aunque llama la atención, por cierto, que tantos y tantos que no aprovechan ni aprovecharon esa excelencia protesten tanto por lo que han despreciado hasta ahora y siguen despreciando todos los días, pero en fin…

¿QUÉ HACEMOS CON LAS CARRERAS TÉCNICAS?

Yendo a nuestro problema, lo más curioso es que sobre ese modelo de formación (base más especialización posterior), la Declaración de Bolonia parece decir (el undécimo párrafo es bastante confuso) que la habilitación profesional debe estar en la primera fase o ciclo de los estudios, no en máster, que quedaría más bien como ocasión para la especialización.

Esto ha reventado con la aprobación de los requisitos para las titulaciones de ingeniero superior (o lo equivalente a lo actualmente llamado ingeniero superior), que sitúan la habilitación profesional en el máster. ¿De dónde viene esto? Precisamente de que con Bolonia no tenía cabida la distinción típicamente española de carreras técnicas de grado medio y superior. Ante tal carencia, en España se creaba una difícil situación: ¿qué ocurre con los titulados medios? ¿Seguimos manteniendo la distinción con los superiores o amortizamos esos títulos? La respuesta no es fácil, porque una cosa es la ley y otra la realidad, tratándose de profesiones de amplio arraigo en nuestro país, útiles y con atribuciones fijadas por ley más o menos específica, en nuestro caso muy específica: la Ley de Ordenación de la Edificación.

Para terminar de entender el embrollo, hay que entrar en una cuestión adicional: hasta ahora, en España las titulaciones tenían unos nombres que correspondían con la profesión cuyos graduados podían ejercer. Es decir, si uno estudia la carrera de medicina, será médico, si la de geología, geólogo y si la de arquitecto técnico, arquitecto técnico (o, históricamente, aparejador). Ahora no. Ahora se determina en una orden ministerial qué requisitos debe cumplir una titulación para que sus titulados puedan ejercer determinada profesión. Así, por ejemplo, hay una orden que indica que si una carrera cumple determinados requisitos de duración y obtención de conocimientos, sus titulados podrán ejercer la profesión de arquitecto técnico; y resulta que tal carrera por arte de magia se ha dado en llamar de “ingeniería de la edificación” (en lo que interpreto como un nuevo modo de jugar al equívoco y tratar de deslindarse de la arquitectura, tratando de superarla por la vía de la mayor confianza que, haciendo a cosas técnicas, tiene el término “ingeniero”). Es decir, quien estudie y se gradúe en “ingeniería de la edificación” [2] será “graduado en ingeniería de la edificación” y eso le habilitará para ejercer la profesión de “arquitecto técnico”.[3]

Conclusión de todo esto: se extingue la concordancia de denominación entre carrera y profesión. Pero persiste un problema… ¿qué hacemos con los estudios universitarios?
Resulta que se establece una duración estándar de los estudios de grado de cuatro años o 240 créditos (podría haber sido de tres años y 180, como en casi toda Europa) y se empieza a negociar con las escuelas y organizaciones profesionales…
En esa tesitura, desde Arquitectura se planteó que había una directiva europea, que si esa norma nos llevaba a una carrera de 300 créditos en cinco años… y se hizo fuerza por conseguir ese formato que, en un entorno de titulaciones de grado de cuatro años, en que la habilitación profesional estaría siempre en el grado, tuviéramos una carrera de cinco, lo que nos ponía por delante del resto de titulaciones…

Pero, ¿qué estaba pasando con el resto de profesiones? Que tenían un desencuentro muy importante… ¿cómo aceptar que la ingeniería de obras públicas y la de caminos tuvieran ambas cuatro años? Era un sinsentido, parece claro, pero dentro del esquema de Bolonia no se veía solución; la condición de Arquitectura de tener una directiva europea amparando parecía por tanto ventajosa, por cuanto deshacía el “empate” con los aparejadores. En un momento dado, las cosas cambiaron en el campo de la ingeniería: se planteó que el modo de evitar la confusión sería que mientras que las ingenierías técnicas se pudieran ejercer con estudios de grado, las ingenierías superiores sólo se pudieran ejercer con estudios de máster… con 300 créditos en total. Aparentemente imposible, por cuanto el Real Decreto que regula la ordenación de las enseñanzas universitarias oficiales[4] indica que las enseñanzas de grado tienen como finalidad “la obtención por parte del estudiante de una formación general, en una o varias disciplinas, orientada a la preparación para el ejercicio de actividades de carácter profesional” (artículo 9), mientras que las de máster tienen la de “adquisición por el estudiante de una formación avanzada, de carácter especializado o multidisciplinar, orientada a la especialización académica o profesional, o bien a promover la iniciación en tareas investigadoras”.

NUESTRO TÍTULO… Y EL DE LOS DEMÁS

Cuanto todo apuntaba ya a que los ingenieros estaban trabajando en esa línea, desde las escuelas de arquitectura y desde el Consejo Superior de Colegios de Arquitectos se siguió trabajando por un título de grado de 300 créditos más 30 de fin de carrera, donde la batalla principal estaba en sacar los 30 del fin de carrera del cómputo de los 300, para así obtener un grado de 330 créditos, por delante de todos los demás.

Pero en vez de esperar a ver cómo se planteaban las reglas de juego en el campo contrario, en vez de escuchar las voces que pedían prudencia, por cuanto se sabía que los ingenieros estaban jugando a cambiar de baraja en medio de la partida, se siguió adelante, resultando que los requisitos del título de graduado en arquitectura fueron de los primeros que fueron publicados, a finales de 2007, apenas unos días después de aprobado el Real Decreto que sirve de marco a su desarrollo.

Un año y poco después, en enero de 2009, se han publicado los requisitos de las ingenierías… y todo lo que se había advertido que podía pasar… ha pasado. La rapidez en aprobar lo relativo a arquitectura ha pasado de ser un éxito a ser un error de estrategia brutal: se debería haber esperado a tener claro qué iba a pasar en el conjunto de las titulaciones técnicas.

A día de hoy, con 300 créditos se puede ser máster en ingeniería de caminos o cualquier otra ingeniería superior, pero con 300+30 créditos sólo se es graduado en arquitectura.

Vale, si un graduado en arquitectura (que por tal condición puede ejercer la profesión de arquitecto y por tanto es arquitecto, aunque tal denominación no aparezca en su titulación universitaria –recuérdese el tema titulación/profesión) hace luego un máster, tendrá nada menos que 390 ó 450 créditos, una auténtica barbaridad… pero esos créditos de más no le aportarán nada adicional en materia de habilitación profesional, por lo que cabe aventurar que muy pocos seguirán esa senda, al no ser necesaria para poder trabajar, incluso por cuenta propia.

Por tanto, ¿a dónde hemos llegado?

A que a partir de la entrada en vigor de los nuevos planes de estudios, los arquitectos, tras estudiar unos pocos más créditos que los ingenieros de caminos, tendrán condición de grado, mientras éstos tendrán condición de máster. Y lo mismo con el resto de las ingenierías superiores.

CONSECUENCIAS INMEDIATAS

Consecuencias ya reales, a igualdad de estudios, si esto no se modifica:

- Los ingenieros superiores se distinguen claramente de sus correspondientes técnicos, pues aquéllos son máster, mientras éstos son graduados. Sin embargo, nosotros no: tanto nosotros como los aparejadores somos[5] graduados.
- Para poder ser doctores, los arquitectos tendrán que estudiar un máster adicional, mientras que los ingenieros superiores podrán pasar directamente a este nivel superior de educación.

Consecuencias que es cuestión de tiempo que se realicen (aclaro, no se han producido, pero si se piensa el tema parece bastante posible que se produzcan):

- Habrá que modificar la Ley de la Función Pública[6] , que actualmente en su artículo 25 establece dos grupos diferentes de clasificación para titulados medios o superiores: Grupo A, para “Doctor, Licenciado, Ingeniero, Arquitecto o equivalente” y Grupo B (con menor capacidad de promoción por tener limitada su carrera como funcionario hasta determinado nivel), para “Ingeniero Técnico, Diplomado Universitario, Arquitecto Técnico, Formación Profesional de tercer grado o equivalente”. Parece evidente que si se cambia el formato de la educación universitaria, estas categorías deberán actualizarse y más o menos lo predecible es que quede algo del tipo “Grupo A: doctor o máster” y “Grupo B: graduado”. En esa tesitura, los arquitectos futuros quedarían fuera de la máxima categoría de la función pública, equiparados a los aparejadores, con los ingenieros por encima de ellos.
- Si los futuros equivalentes a los actuales ingenieros superiores son máster, parece normal que los actuales titulados[7] reclamen su homologación más o menos automática a tal condición; nosotros no lo tendremos tan fácil, a pesar de haber estudiado una carrera similar a la de los ingenieros en cuanto a carga y dificultad, pues los futuros arquitectos no serán máster, sino graduados. En el ámbito internacional esto nos pone aún en peor situación: desde fuera no se entiende que con la formación que tiene un arquitecto español actual no tenga nivel de máster, sobre todo en el mundo anglosajón.

Y BOLONIA NO ERA EL PROBLEMA… EL LÍO DE LAS ATRIBUCIONES PROFESIONALES

Las consecuencias expuestas en el apartado anterior son o bien ya reales y evidentes o bien muy lógicas, como desarrollo lógico de lo establecido para las enseñanzas técnicas.

Ahora bien, según noticias que tenemos de cómo se están moviendo las cosas en otros ámbitos, podríamos decir que nos encontramos en el centro de una convergencia de disposiciones y novedades regulatorias que pueden afectar mucho a la profesión tal y como la entendemos. Hasta dónde llegue esta “reconversión” depende mucho de la capacidad que tengamos de respuesta. Y es que no es sólo Bolonia…

En medio de todo el “tema Bolonia”, la Unión Europea ha promulgado una Directiva para la liberalización del sector servicios, llamada “Directiva Bolkestein” por el nombre del comisario europeo que la propuso, aprobada en 2006 y en fase de trasposición a la legislación española [8] . Esta directiva pretende eliminar trabas a la prestación de servicios y va a tener repercusiones importantes, por ejemplo, en la regulación de horarios o la implantación de centros comerciales, así como en el ejercicio de las profesiones; más o menos se trata de implantar un esquema por el cual cualquier profesión pueda ser ejercida por “cualquiera que sea capaz de ejercerla”… excepto las profesiones reguladas, que son aquéllas que por su especial sensibilidad social y necesidad de conocimientos requieren establecer unas condiciones mínimas acreditadas por sus ejercientes, como es el caso de la medicina, la abogacía, la arquitectura y las ingenierías.

Justamente eso es lo que se ha hecho con las órdenes ministeriales que detallan los requisitos que deben tener los títulos habilitantes para ejercer las profesiones técnicas. Es decir, conforme a esas órdenes, nunca va a ser posible que ejerza la profesión de arquitecto alguien que no haya estudiado la carrera y esté en posesión del graduado en arquitectura, ni podrá ejercer la profesión de ingeniero técnico o ingeniero superior quien no haya superado los estudios correspondientes.

Ahora bien, lo que está sobre la mesa también es una nueva ley de atribuciones profesionales y una modificación de la Ley de Ordenación de la Edificación, en cuyo contexto de modificación corremos un grave riesgo ante el cual conviene estar preparados, por lo siguiente:

- Aclararemos que a los arquitectos no se les van a quitar las atribuciones en redacción de proyectos y dirección de obras. Pero se corre el riesgo de que se reconozcan las mismas atribuciones, totales o parciales, a otras profesiones con una formación prima hermana de la nuestra[9] . Que no nos quiten nada pero que les den la misma atribución a otro colectivo mayor incluso que el nuestro implica una reducción brutal del mercado de trabajo por medio del aumento brutal de la competencia. No hablamos de cuestiones más o menos filosóficas, estamos hablando de trabajo y por tanto de viabilidad de nuestra profesión. Y nos afecta a todos: actuales arquitectos, futuros titulados conforme a los planes actuales y futuros graduados “bolonios”.
- Nuestra posición de graduados, por debajo de los ingenieros, no nos ayuda nada de cara a defender la exclusividad de nuestras atribuciones.
- La presión de los ingenieros y aparejadores por tener atribuciones compartidas con los arquitectos no es nueva, sino que ya hemos tenido muestras muy claras en el pasado, cuando ya en más de una ocasión hubo que salir a la calle para defender la especificidad del trabajo de los arquitectos.
- Tampoco sería una rareza en Europa, donde más bien los raros somos nosotros: en casi todos los países de la Unión Europea muchas edificaciones o incluso todas pueden ser proyectadas por ingenieros; en unos, por ejemplo, hasta cierto número de plantas no hace falta arquitecto (por ejemplo, la vivienda unifamiliar no es exclusiva); en otros, el arquitecto es una posibilidad más pero no es preciso; en otros, el arquitecto no puede firmar las estructuras o las instalaciones de un edificio (sea suyo o sea de un tercero)… La convergencia en Europa (y no “con” Europa) no debería significar un flujo unilateral de nivelación a la baja, sino una apropiación de dos direcciones de lo bueno de cada cual, y en ese sentido nosotros más bien tenemos un modelo que exportar y no un modelo que destruir por importar degeneraciones del mismo.
- Suena demasiado tentador para el poder político europeo, acostumbrado a un esquema donde los arquitectos no son imprescindibles, una supuesta liberalización que sería vendida como un aumento de la competencia y una rebaja del coste de la vivienda… como si el coste de los técnicos intervinientes en una obra fuera el problema y no el monstruoso efecto de la especulación con el suelo.[10]

En resumen: pueden darles nuestras atribuciones también a otros, algo totalmente creíble a la vista de lo que ocurre en muchos países y a la vista de las amenazas vencidas en el pasado, riesgo ante el cual nuestra condición de graduados no nos ayuda nada.

Ahora hay una obligación de desarrollar un plan de estudios adaptado a esos contenidos, pero ya una vez nos han dado una lección: esperar a ser los últimos tiene ventajas. Aprobar ahora un plan de estudios sería tanto como aceptar lo ocurrido, algo que creo que no debemos hacer de ninguna manera. Que cierren la Escuela… si es que se atreven.

Una última consideración: hay quien considera una suerte de absolutismo que sólo los arquitectos podamos hacer arquitectura. Estúpida posición. ¿Qué tiene de raro que los arquitectos hagan arquitectura, los ingenieros ingeniería y los médicos medicina?

¿Pretenden los veterinarios competir con los médicos?

Usted, cuando eligió la carrera que iba a estudiar, ¿quería hacer casas o quería construir puentes, máquinas, aviones, barcos, sistemas de comunicaciones…? Si lo uno, supongo que estudiaría arquitectura; si lo otro, ingeniería…

No vale que se argumente que con sus conocimientos también sabrían hacer lo que nosotros hacemos; según eso, yo podría alegar saber muy bien cómo curar un catarro, pero nunca me dejarán ejercer como médico de familia, por la sencilla razón de que el Estado (o sea, todos nosotros), se encarga de establecer un control que permita saber quién puede de verdad curar catarros con seguridad y solvencia y quién no… y ese control se llama estudios universitarios. Cada cual los suyos.

Si miembros de otras profesiones quieren hacer arquitectura, lo tienen muy fácil: sólo tienen que obtener el título habilitante… si tanto saben, imagino que lo obtendrán con facilidad (sí, soy irónico aquí)… pero si otros quieren entrar en nuestro campo, supongo que tendrán que reconocer entonces que nosotros también sabemos hacer lo suyo, y entonces reclamaré que para proyectar y construir un edificio no quiero tener que contar con un aparejador, ni con un ingeniero de telecomunicaciones, ni con un ingeniero industrial… es más, reclamaré poder construir puentes, carreteras, aeropuertos y todo lo que ellos se arrogan como específico suyo.

Históricamente, cada vez que se ha planteado el tema de las atribuciones profesionales han surgido las mismas tensiones para eliminar la exclusividad de los arquitectos.

Podría pasar otra vez.

CONCLUSIÓN: ESTEMOS ATENTOS Y PREPARADOS

Durante los pasados dos años y medio, cuando alertábamos de los riesgos que se estaban tomando al promover la promulgación apresurada de los requisitos de la titulación de arquitectura éramos tachados de alarmistas… por los mismos que ahora dicen sentirse “engañados” por el gobierno. Recuerdo una asamblea hace año y medio en la ETSAM, en que se repitió por parte de las autoridades (de todo tipo) una y otra vez que nuestra posición sería envidiable y nuestra postura era desproporcionada e injustificada, mientras que algunos de los representantes de los alumnos me acusaban de querer mezclar cuestiones profesionales y académicas.

El hecho de que las alarmas hayan resultado fundadas (por desgracia), me lleva a inferir que debemos estar alerta a las demás consecuencias posibles que vislumbramos, no sea que estas nuevas alarmas también estén igual de fundamentadas. Ojalá nos equivoquemos, pero prefiero estar en guardia, para defenderme si es preciso, que confiarme para acabar pataleando cuando las cosas ya estén consolidadas y sean de muy difícil marcha atrás.

Es por eso por lo que creo que los estudiantes, que son la fuerza principal que se puede movilizar en caso de necesidad, deben ser conscientes de la situación en que estamos; que si en un momento dado fuera preciso hacernos oír y ver masivamente (arquitectos y estudiantes), podamos conseguirlo con la eficacia que necesitemos. Y si no es necesario, ya nos tranquilizaremos todos y nos tomaremos unas cervezas para celebrarlo.

Una cosa está empezando por fin a calar en la Escuela (entre los estudiantes, pero no sólo): no podemos separar el problema educativo del problema profesional, porque ambos van de la mano; los estudiantes no son sino profesionales embrionarios, por lo que todo lo que afecte a la profesión les afecta a ellos. Y como se va a ir viendo, titularse conforme a los planes de estudios previos a Bolonia no implica salir indemnes de los cambios.

Esto es como una ciudad sitiada… no podemos esperar a organizar nuestra defensa a que el contrario emprenda el ataque… porque algunos ya vemos sus campamentos en el horizonte y no creemos ser alarmistas, sino sensatamente precavidos.


(Por:)

José María García del Monte
profesor asociado DPA ETSAM
representante COAM “somos arquitectos”
asambleísta CSCAE
>>descargar archivo *.doc para difusión<<




[1] http://universidades.universia.es/fuentes-info/documentos/bolonia.htm

[2] ¿Qué significa saber de “ingeniería de la edificación? Si “aparejador” era el que sabía cómo aparejar sillares, parece que ingeniero de la edificación será el que sepa de la puesta en ejecución de una obra, no de su diseño, por lo que no es un nombre descabellado, aunque sea renunciando (hace tiempo que lo hicieron solamente para jugar al equívoco) al precioso y centenario nombre de aparejador. ¿Qué es un ingeniero? Resulta llamativo que en inglés (Inglaterra fue la patria de la ingeniería moderna en la época de la revolución industrial) “engineer” viene de “engine”, o sea, el que controla de motores, mientras que en castellano “ingeniero” venga de “ingenio”, que tiene la ambivalente condición de “máquina”, pero también de “facultad del hombre para discurrir o inventar con prontitud y facilidad”, según la RAE, lo que hace que para tal institución el “ingeniero” sea el “hombre que discurre con ingenio las trazas y modos de conseguir o ejecutar algo”…

[3] No de “ingeniero de la edificación”, profesión no existente a efectos legales… aunque ya el primer golpe está dado por parte del Colegio de Aparejadores de Madrid, que ya se llama oficialmente “Colegio Oficial de Aparejadores, Arquitectos Técnicos e Ingenieros de la Edificación de Madrid”… brutal (por largo) nombre que ahora abrevian en “Aparejadores Madrid”… Tantas vueltas para acabar donde comenzaron.

[4] RD 1393/2007: http://www.boe.es/boe/dias/2007/10/30/pdfs/A44037-44048.pdf

[5] Cuando digo “somos”, entiéndase que hablo como gremio; léase “serán”… los futuros titulados.

[6] http://www.boe.es/aeboe/consultas/bases_datos/doc.php?coleccion=iberlex&id=1984/17387

[7] Más concretamente, los titulados conforme a los actuales planes de estudios, incluyendo aquí a quienes están ahora estudiando.

[8] De momento, la Comisión Nacional de la Competencia ha publicado un “Informe sobre el sector de servicios profesionales y los colegios profesionales”: http://www.cncompetencia.es/PDFs/OtrosInf/15.pdf Es posible que esta directiva tenga efectos muy importantes en la organización de los colegios e incluso en su existencia.

[9] Como decía hace nada un estudiante en un mail, “al próximo que envíe un mail que diga que un médico va a poder firmar un proyecto de arquitectura pero Moneo no, le borro de mi lista de contactos”; ahora bien, que un ingeniero de caminos pueda firmar un proyecto de arquitectura no es tan descabellado como pueda parecer, según indico en los siguientes puntos.

[10] Suena muy bonito rechazar políticamente la especulación, pero en realidad se está premiando por la vía de la estructura fiscal: pensemos que las ganancias especulativas con el suelo o la vivienda tributan al 18%, mientras que los rendimientos del trabajo tributan entre el 24 y el 43% este año… el mensaje real que nos dan nuestros gobernantes está claro: ¡no sea tonto, especule en vez de trabajar!